Comentario del autor sobre la canción:
Antes que nada quiero agradecer el pedido de escribir sobre el origen de esta canción, ya que no es sólo el relato de una composición fortuita, sino la madeja silenciosa de un momento, lejano en el tiempo pero cercano en el corazón, en el cual Dios hilvanaba mis primeros pasos en la fe.
Corría el año 1991 y yo era un pibe de 18 años recién llegado a La Plata para estudiar medicina; atrás quedaban mi familia en Bolívar y una adolescencia dulce pero ya trunca en pos de los estudios universitarios. Paraba en lo de mi abuela paterna (una italiana dulce y luchadora) a metros de la vía del ferrocarril que pasa por la calle 32, el límite entre la ciudad de La Plata y el mítico y originario barrio de Tolosa.
Si bien no era un católico práctico, iba a Misa cuando podía, como quien toma un remedio desagradable ocasionalmente porque sabe que le hace bien, aunque no comprende bien cómo ni por qué. Tenía dos opciones: la parroquia San Antonio, del lado de La Plata, y Nuestra Señora del Carmen, del lado de Tolosa. Y aunque distaba el doble de distancia, siempre elegía la primera, porque llegar a la segunda implicaba atravesar, de noche, el antiguo y oscuro terraplén de la vía. Pero aquella noche de invierno fue distinto: llovía lo suficiente como para que uno desee abreviar el tiempo de exposición a la hermana lluvia, y decidí correr el riesgo de adentrarme en los recodos de Tolosa. Quien pase hoy por la esquina de 116 y 32 encontrará un dulce verde parquizado que da envidia a los campos elíseos; pero, entonces, era un campito de árboles y matorrales sin luz, y atravesarlo implicaba saltar un par de vallas, cruzar el terraplén casi en desuso y acertar, entre las sombras, a un sinuoso sendero entre los pajonales. Respiré hondo, miré al cielo encapotado y me adentré, con paso firme, en aquel inhóspito terreno donde alguna vez mi viejo y mi abuelo cazaron ratas y corrieron detrás de barriletes y pelotas de fútbol.
Una vez en la Iglesia del Carmen, finalizada la Misa, el sacerdote invitó a la reunión de jóvenes mayores de Acción Católica, que se realizaba inmediatamente después. Yo pensé: ¿por qué no? Llovía despiadadamente, y de todas maneras debería esperar un poco a que aflojara. Una vez más respiré hondo y entré en la sala donde me esperaban los rostros que, entonces nuevos pero hoy entrañables, me acompañarían años en el camino de la fe. Nunca olvidé el tema de aquella primera reunión: la vida de un joven universitario de la Acción Católica italiana, beatificado hacía apenas un año, generoso hasta el heroísmo con los pobres y enfermos, aficionado al alpinismo, pacifista, cuyo testimonio ilumina los años oscuros de principios del XX... y todos ya sabemos de quién hablo. Al final de la reunión Mariano, uno de los jóvenes presentes, me acompañó de regreso por un camino más hospitalario. Con él y un par más fundamos, 3 años después, el proyecto de los pesebres musicales que fue el origen de Filocalia (la banda de música católica de la cual aún formo parte).
Yo era en aquel tiempo un joven con muchas dudas y búsquedas, y la Vida de Pier Giorgio fue como una ventana abierta. Si bien muchas de mis cosas tardaron años en liberarse de las sombras, aquella noche empezaron su definitivo camino hacia la luz.
En las siguientes reuniones seguimos leyendo el libro de la vida del Beato: esas lecturas, y las reflexiones que compartíamos, fueron el germen de la canción. No la hice inmediatamente, sino que fue gestándose de a poco, desenvolviéndose de a partes a medida que conocía a Pier Giorgio y comprendía lo que significaba su vida y su compromiso. Cuando la escucho recuerdo nuevamente lo que sentía entonces: ese desencanto juvenil con las injusticias de la realidad, el deseo de un compromiso verdadero, las ganas de cambiar al mundo... cosas que es saludable no olvidar (las guitarras distorsionadas y la fuerza de la canción expresan mucho eso). Tengo aún muy presente el día en que se me ocurrió el estribillo: fue en el 93 o 94, cruzando el Bosque de La Plata, también bajo la lluvia, yendo a la facultad de Medicina con todas mis dudas a cuestas (más tarde yo abandonaría medicina, y me dedicaría de lleno a la música y la filosofía). La guajira que se entromete de a ratos es una referencia a Latinoamérica y al sufrimiento de su gente sencilla, que aún “no ha parado”. Es también la evidencia de alguna de mis preferencias musicales, revitalizadas en esos años con la vuelta de Santana en el ´93 con “Sacred Fire”. La referencia a la lluvia tiene que ver con el estado del tiempo en los dos momentos que les he contado, y también con cierta imagen plástica de la tristeza y la melancolía, pero no en el sentido individualista de la canción de Maná (“No ha parado de llover”, editada en el ’95 en el CD “Cuando los ángeles lloran”), sino en un sentido universal: el de las injusticias y las desigualdades que no cesan, etc. más en la línea de “Longchamps Booggie”, de Papo (“Blues local”, 1992). De todas maneras, es una tortura habitual en los artistas no masivos el quedar a merced de los clichés del mercado, que se instalan en el inconsciente colectivo de la gente, y de los cuales es muy difícil despegarse.
Tocamos la canción en público por primera vez en el 96 o 97, creo, aunque estoy seguro que fue en una Jornada del Buen Pastor, en el Seminario Arquidiocesano de La Plata. En 2001, en la plaza de Luján frente a la Basílica, durante la peregrinación anual juvenil, volvimos a cantarla. Esa noche Dios me mostró las vueltas que en 10 años había dado mi vida desde aquella reunión inicial; y de la mano del Pier Giorgio, a los pies de la Virgen, se abrieron nuevas puertas y se alumbraron nuevas y viejas certezas. La grabamos en 2005, en un estudio barato de La Plata (lo barato del estudio se nota en la calidad del audio), pero esa sencilla grabación nos permite tender este puente con ustedes. Aunque ahora no la tocamos le tenemos cariño, y por eso la incluimos en el CD “Luz de Luz”, que distribuye Codia y que está subido en gran parte a Internet.
Yo sé que la canción es áspera, y que su rudeza ahuyenta algunos oídos; también sé que en el desierto pueden crecer flores y brotar manantiales. Por otro lado el estilo del tema es bien fiel a lo que pasaba en mi cabeza y mi corazón es esos años. Nunca juzgo las composiciones viejas con mis criterios actuales, sino que trato de dejarlas así, como a las viejas fotos de familia, aunque se pongan amarillas. Sea como sea, es un sincero regalo para la memoria del Beato Pier Giorgio Frassati, una búsqueda de compromiso, el sueño de un mundo más humano, y una oración al Padre del Cielo para que nos sostenga, junto al Beato, en el camino “hacia lo alto”.