Beato Pier Giorgio FRASSATI:

Por Fray Carlos Alfonso AZPIROZ COSTA OP. Maestro de la Orden de Predicadores


Me alegra poder presentar este libro que recuerda (es decir “trae de nuevo al corazón”) la figura del Beato Pier Giorgio Frassati.

Me vienen a la memoria las imágenes de su solemne beatificación, el 20 de mayo de 1990. Fue la primera ceremonia de este tipo que he presenciado en mi vida.

Leyendo la vida de Pier Giorgio, contemplando “sus días”, especialmente a través de la mirada de Luciana, su hermana, quien tantas cosas nos ha dejado escritas acerca de él, encontramos a nuestro joven amigo, comprometido en la vida del mundo y de la Iglesia, en diversos grupos, movimientos, asociaciones y fraternidades (la Juventud Católica, la FUCI, el Circulo “Cesare Balbo”, las Conferencias Vicentinas, el Apostolado de la Oración, la Compañía del Santísimo Sacramento, la Confraternidad del Santísimo Rosario y -después de una reflexión madurada durante más de dos años- la Tercera Orden Dominicana. En ella tomó el nombre de fray Jerónimo Savonarola… impetuoso, fogoso, gran predicador y apóstol florentino. ¡Pier Giorgio era un verdadero itinerante! ¡Apasionado de Dios y de los hombres buscaba y amaba la verdad como se busca y ama la persona amada!

La Palabra de Dios nos impulsa a comprender más profundamente el verdadero rostro de la santidad. Pier Giorgio. Pienso especialmente en el texto de “Las Bienaventuranzas” (Mateo 5, 1-12) y el “Himno a la Caridad” (1ª Corintios 13, 1-13).

Pier Giorgio ha sido llamado con razón “el hombre de las ocho bienaventuranzas”. Sin dudas, el camino de las Bienaventuranzas es el verdadero camino de la santidad, el sendero de la verdadera libertad. Jesús dijo a los Judíos: “Si permanecen fieles a mi palabra, serán de veras mis discípulos; conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Juan 8, 31).

Poncio Pilatos interrogó a Jesús: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18, 38). Como verdaderos “Pilatos” de nuestro tiempo, buscamos hacerles preguntas importantes a la vida o a alguien.

Hoy quizás nos parezca más importante saber ¿qué es la libertad?...Podemos pedir a Pier Giorgio una respuesta. Pero seamos sinceros ¡nos interesa de veras una respuesta! Necesitamos detenernos y escuchar la respuesta, meditándola en nuestro corazón, sin huir de nuestras responsabilidades (como hiciera el gobernador romano en tiempos de Jesús quien no pareció esperar del Maestro una respuesta a su pregunta).

La libertad implica, ciertamente, la capacidad innata de disponer de nosotros mismos ¿Eso es todo? La bellísima y muy significativa imagen elegida para la beatificación de Pier Giorgio (de pie en la cima de la montaña); las fotografías que nos lo presentan practicando esquí o montañismo, festejando alegremente con sus amigos, participando en alguna manifestación… nos hacen pensar inmediatamente en esa libertad que todos buscamos. El simple “disponer de nosotros mismos” no ha sido la plenitud de la libertad que Pier Giorgio buscaba. Este ascender y descender de la montaña no era “todo”. No buscaba solamente un ideal romántico, arribar a la meta, sentirse bien, estar junto con amigos, atraer la simpatía de los demás, ofrecerla aquí y allá, recibirse para conseguir un anhelado diploma, disfrutar de su juventud. Profetizaba (quizás sin saberlo) poco antes de morir cuando escribió a un amigo, en abril de 1925, expresándole su deseo de comenzar su tesis para poder liberarse de ello en julio “y así poder pasar mi último verano libre, completamente libre”.

La libertad que buscaba, aún expresada claramente en su pasión por el alpinismo, en la alegría de la fiesta, en el disfrutar juntos o pasar un examen ¡era otra! Él buscaba realidades definitivas. Buscaba construir una vida de contemplación y comunión y también hacer partícipes a los demás de los frutos de esta comunión, construyendo una vida a través de tres planos inseparables: La relación con el mundo como SEÑOR; la relación con las personas como HERMANO; la relación con Dios como HIJO (Cf. Documento de Puebla n. 322).

Esta vida, animada por el misterio de comunión – participación y construida sobre esos tres planos lo ha “crucificado” y al mismo tiempo lo ha “liberado” para siempre. Su proyecto de vida, o mejor dicho: la vocación a la cual ha sido llamado, parece haber sido marcada por estas dos dimensiones: vertical y horizontal. Esta ha sido su cruz, y por lo tanto su luz. Un camino del heroísmo a la felicidad verdadera. En efecto, en muchas cartas a sus amigos, hacía suyo el pensamiento de San Agustín “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Ti”.

Detrás de cada una de sus acciones había “algo más profundo” que lo impulsaba… Esta meta lo hacía buscar siempre “algo más”, aún si esto significaba sacrificar tantas veces cosas importantes para él: sus afectos más caros. Pedía a Dios de darle la fuerza de alcanzar el Fin para el cual había sido creado. Buscaba una felicidad que no se encuentra fuera del hombre… sino dentro del hombre, pero no es el hombre mismo.

La poliomielitis, enfermedad de su tiempo, ha sido para nuestro joven amigo como un “virus”, un “virus maligno” que lo llevó a la muerte. Hoy existen nuevos “virus” y tantas personas son llamadas “portadores” de diversos virus, discapacidades, etc. Hoy existen “virus” que hieren el alma, virus que se posesionan del corazón, son como “cálculos” que endurecen el corazón, lo hacen de piedra e incapaz de amar. Son “virus” que pueden llegar a contagiar a los demás, son de veras mortales, mortíferos.

Dios ha sembrado también en nosotros un “antivirus” o mejor dicho ¡un “virus benigno” terriblemente contagioso!: el deseo de la verdadera felicidad (la Bienaventuranza). Somos de verdad “portadores” de este “virus” ¡y no siempre nos damos cuenta!

El programa de las bienaventuranzas ha sido sembrado, inoculado en nosotros y lo “portamos” (somos verdaderos portadores) como un “mapa genético” o “ADN” sobrenaturales . No es algo “externo” –de fuera- que nos obliga a obrar como un mandato o imperativo categórico. No es un mandamiento que debemos obedecer sin discusión alguna, una orden que termina por plegarnos o, peor aún, destruirnos. Si tenemos en cuenta nuestras llagas y heridas, nuestras pobrezas no se presenta cada día “acusándonos” y señalando nuestras limitaciones. Al contrario, nuestra vocación a la Bienaventuranza, es decir al Amor, nos ayuda a mirar nuestras miserias ¡sí!, pero a través de la infinita misericordia de Dios.

En esto consiste la verdadera alegría, la alegría cristiana… aquella que Jesús nos ha prometido en la Última Cena y que nadie podrá quitarnos (cf. Juan 16, 23). Este “programa” expresa nuestra felicidad, la realización de la vocación más íntima, más profunda, la verdadera meta. Una meta que no tendrá fin.

El amor, en efecto, expresa el deseo más profundo del hombre. Los “beatos” –bienaventurados- del Evangelio son también aquellos que creen, esperan y aman, sin haber visto (cf. Juan 20, 29).

Pier Giorgio tenía también un “olfato especial” para buscar y encontrar aquellos que aman, que son felices (Similis similem quærit!): los “beatos” del Evangelio. Aquellos que para él eran verdaderamente felices, aunque no poseyeran todo aquello que él mismo tenía. ¿Quienes son los bienaventurados, los felices buscados por nuestro beato? ¿Por qué son “beatos” y así felices?

La respuesta es clara: aquellos que aman. ¿Pero quiénes son los que verdaderamente aman y por qué?
Los pobres. Porque el amor todo lo espera, todo lo soporta.
Los afligidos. Porque el amor todo cree y es paciente.
Los mansos. Porque el amor no se irrita, no es envidioso.
Los hambrientos de justicia. Porque el amor no se goza con la injusticia, sino se complace en la verdad.
Los misericordiosos. Porque el amor no tiene en cuenta el mal recibido.
Los puros de corazón. Porque el amor no es vanidoso, no se engríe, no procede con bajeza.
Los perseguidos a causa de la justicia. Porque el amor no busca su interés.

Las personas que conociendo a Pier Giorgio de cerca no sabían descubrir la verdadera fuente de su alegría, aún sabiendo lo que hacía, no eran capaces de comprenderlo de verdad. Para comprenderlo mejor basta simplemente sustituir en el Himno a la Caridad la palabra “Amor” (Caridad) con el nombre de nuestro querido amigo Pier Giorgio Frassati… Encontraremos así su verdadero retrato, su verdadero rostro: juvenil, radiante, fresco, alegre.

¡Pier Giorgio era paciente, servicial, no era envidioso, no se envanecía, no se engreía, no procedía con bajeza, no buscaba su propio interés, no se irritaba, no tenía en cuenta el mal recibido, no se alegraba en la injusticia, sino que se regocijaba en la verdad! ¡Todo lo disculpaba, todo lo creía, todo lo esperaba, todo lo soportaba!

“Pobres desgraciados –escribía Pier Giorgio- aquellos que no tienen una Fe: vivir sin una Fe, sin un patrimonio que defender, sin sostener en una lucha continua la Verdad, no es vivir, sino “ir tirando” (“vivacchiare”). Nosotros nunca debemos “ir tirando”, sino vivir, porque también a través de toda desilusión, debemos recordar que somos los únicos que poseemos la Verdad, tenemos una Fe que sostener, una Esperanza que alcanzar: nuestra Patria”

Queridos amigos, lectores de esta obra. Este libro es como una invitación a conocer a alguien, carne de nuestra carne, hueso de nuestros huesos. Pero lo verdaderamente importante es aquello a lo cual Pier Giorgio Frassati nos invita, ¡la invitación a vivir de veras! ¡la invitación a ser verdaderamente libres!: ¡SEÑORES DE LAS COSAS, HERMANOS DE LOS HOMBRES, HIJOS DE DIOS!

Para ello debemos ser en verdad pobres, itinerantes y “mendicantes” de la verdad y de la definitiva libertad.

«Entonces tu luz surgirá como la aurora y tu herida se curará rápidamente. La justicia caminará delante de ti, la gloria del Señor te seguirá… Entonces lo invocarás y el Señor te responderá; implorarás ayuda y dirá: “¡Aquí estoy!”» (Isaías 58, 8-9)

Gracias a quienes han hecho el esfuerzo de editar estas páginas, gracias a quienes las leerán y harán propias.



Fray Carlos Alfonso AZPIROZ COSTA OP
Maestro de la Orden de Predicadores

Roma, 25 de enero de 2006

Fiesta de la Conversión de San Pablo y de la promulgación de la primera Carta Encíclica de SS: Benedicto XVI, “Deus caritas est”,

 

Este texto se encuentra en el libro: "Pier Giorgio Frassati, la santidad posible y cotidiana", disponible en esta página: http://www.pgfrassati.com.ar/HomeMaterial.htm