“Verso l´alto”.
Pier Giorgio Frassati: arrebatado hacia la Hermosura de Dios.

Por Pbro. Juan Quelas (Asesor de la Agrupación Pier Giorgio Frassati de Argentina)


“La capacidad espiritual para comprender la vida de un santo no es en absoluto algo obvio y natural: nuestros ojos actuales parecen «haberse cansado hasta tal punto de las procesiones con andas» que ni siquiera estas figuras altísimas de la existencia humana son capaces de sacarnos de nuestro letargo” (H. U. VON BALTHASAR, Gloria. Una estética teológica. Vol I. La percepción de la forma, Encuentro, Madrid, 1985, 31)


1. ¿Una vida extraordinaria?.

¿Qué tiene de extraordinario la vida de Pier Giorgio Frassati? Nada. Esta afirmación parece sorprendente, y de hecho así me lo plantean tantos jóvenes cuando reciben de mi parte esa respuesta a su pregunta, motivada por una imagen de santidad que me permito poner en tela de juicio. No hay nada en la vida de Pier Giorgio que resulte extra-ordinario, con un concepto de la extraordinariedad que roza con la magia. La santidad, en el caso de Pier Giorgio y de tantos otros, brota de la manifestación de su propia figura, de su propia persona, de su entera vida, no como un atributo más o menos extrínseco de supuestos milagros, o eventos extraordinarios acaecidos a sus años jóvenes, sino como una propiedad intrínseca de su vida entera. No sólo era santo Pier Giorgio cuando con devoción rezaba la noche entera adorando al Santísimo en la Iglesia de la Crocetta, sino que también lo era cuando tomaba el tren para ir a su amada montaña; no sólo vivió una vida de santidad cuando cruzaba corriendo Torino para ir a asistir a sus pobres, sino también cuando podaba las plantas de su jardín.

2. El “pondus” de su vida.

Haberse empeñado en poner a los santos tan cerca de Dios que los alejamos de los hombres no ha sido una buena estrategia... Además de ser mentirosa (atenta contra la ley de la Encarnación), esta técnica no ha logrado buenos frutos: basta ver cómo hoy se piensa la santidad como si fuera un esfuerzo extraordinario en la vida moral, inalcanzable para la mayoría de las personas. Sobre esto se construye esa idea del santo como un personaje de “virtudes heroicas”. ¿No sería más fácil, amén de más verdadero y más adecuado al Evangelio, pensarlo como un compañero de camino, como un modelo posible y alcanzable, como alguien que ya recorrió el camino y, dócil a la acción de la Gracia, como tal caminante nos muestra ese camino como posible?. Pier Giorgio Frassati tuvo un pondus en su vida que él logró intuir y encontrar: un “peso” que lo arrastraba hacia Jesucristo y por el cual él mismo se dejó arrastrar. Por eso su santidad es una forma de vida, más que una suma de ejemplos piadosos, un modo de encarar la existencia, más que un conglomerado de acontecimientos ligados más o menos entre sí; una modalidad de pararse ante la existencia, la vida, la gracia, la fe, más que un ejercicio de “virtudes heroicas”.
Ese “pondus” tiene que ver con el kabod del que habla la Biblia, con la “gloria”, con la manifestación de la belleza, con la “figura” que se muestra: un pondus que brota y se hace “pesado” a partir de una experiencia primordial hecha en la más profunda interioridad de la persona, movida por un “exceso” de la presencia de Dios que mueve desde adentro al sujeto para que, arrebatado por esa presencia y figura, pueda obrar luego desde esa intuición y arrobo primordial que ha experimentado en sus propias entrañas. De manera que todo el obrar, pensar y sentir del santo son manifestación de esta experiencia primordial que lo mueve, ejercicio de su propia libertad mediante, a desarrollar su vida de esta y no de otra manera. Por eso toda la vida de Pier Giorgio es manifestación de este encuentro primordial, de este pondus que arrebata su alma.

3. Una naturaleza agraciada.

Es la propia figura de su vida, la manifestación –toda ella, toda entera- de la gracia de Dios en el esplendor de la santidad. Ciertamente no como si Pier Giorgio hubiera sido un pasivo instrumento de la gracia, con el cual ella hubiera hecho cualquier cosa: basta leer la vida de Pier Giorgio para conocer las luchas interiores (y exteriores) que afrontó; el esfuerzo, a veces denodado, que significó vivir a fondo el evangelio y sus valores; la fuerza de voluntad que hubo de poner para vencer algunas tentaciones de su vida. Lo “sobrenatural” (es decir, la gracia) no suplanta aquello que no hemos sido capaces de hacer mediante las capacidades naturales, porque la gracia perfecciona la naturaleza, pero no la suplanta. Ante cierta mentalidad de sortilegio reinante en la sociedad y en la iglesia, donde se concibe la gracia como una especie de magia que (valga la redundancia) mágicamente “arregla” las dificultades, la vida de Pier Giorgio muestra que Dios es Dios, y no Harry Potter, y que la iglesia es la iglesia y no la Academia de Hogwarts... ¡Cuánto de mentira en el relato sobre ciertas vidas de santos (cuando no los relatos de la mismísima vida de Jesucristo) que nos son presentadas como si los pliegues de la vida fueran superados con toques mágicos de una especie de varita que sería la gracia de Dios! Decir que Pier Giorgio es santo no significa (¡por supuesto!) que fue exento de las luchas, dificultades y problemas que todos nosotros hemos de encarar en la vida, sino que significa decir que, con coraje y parresía, los afrontó intentando vivirlos desde el evangelio, y desde la experiencia de encuentro con Jesucristo, haciendo entonces de cada momento de su vida un hecho extraordinario, no porque sucedieran externamente acontecimientos fuera de lo común, sino porque interiormente los vivía de una manera extra-ordinaria, en el sentido de sobre-natural.

4. “Enamorado de la belleza”.

¿No es sorprendente que un muchacho de su “rudeza” se conmoviera con un manojo de flores? ¿O se ensimismara en la lectura de Dante? ¿O se extasiara ante la belleza de un cuadro? ¿O se sintiera arrebatado al escuchar una ópera? ¿No será que Pier Giorgio estaba “dispuesto a enloquecer por amor a la belleza”, a la que descubría como la manifestación del mismísimo Dios en la realidad de la vida, del mundo y de la iglesia?... “Enamorado de la belleza”: este es un hermoso, verdadero, y honorable título para llamar a Pier Giorgio, tan cierto como aquella altísima alabanza que pronunció Juan Pablo II el día de su beatificación: “el hombre de las ocho bienaventuranzas”. ¿No son acaso las buenas-aventuras de Cristo un bello-mensaje, el más bello y verdadero dado a los hombres? Pier Giorgio las vivió plenamente, tan plenamente como puede hacerlo un hombre en este mundo (por otro lado, el único escenario posible para vivirlas), y por eso puede ser llamado con toda justicia “Enamorado de la belleza”. Pier Giorgio vive “fuera de sí (loco) y vive extáticamente”, es decir en ex-stasis (ex-stare: estar-fuera-de-uno-mismo) “en Dios (2Co 5, 13), de tal manera que”, como San Pablo, “ya no vive su propia vida (2Co 5, 15) sino la del amado, como alguien que está lleno de amor apasionado”. Así vive entusiastamente (en el sentido etimológico del término: tener-a-Dios-adentro) Pier Giorgio su enamoramiento de la Belleza.

5. “El hombre de las ocho bienaventuranzas”.

¿¡Podría pensarse elogio mayor surgido de las entrañas de la Escritura?! Si las Bienaventuranzas son el corazón del mensaje de Jesucristo, si son el vivo retrato de la existencia misma de Jesús, si son la cumbre de la moral cristiana, si son el camino imprescindible por el que subir hasta las cimas del Espíritu, Pier Giorgio es entonces un cristiano ubicado en el mismísimo corazón de Jesucristo. Según Juan Pablo II, Pier Giorgio se atrevió a vivir el evangelio en su integridad, de manera que merece ser llamado de semejante modo: El hombre de las ocho bienaventuranzas. Él encarnó en su corta vida (¿corta?) el eje esencial, el núcleo primordial, la médula enjundiosa del Evangelio de la Gracia: le bastaron 24 años para dejarse arrebatar por la Gracia, para dejarse impregnar por el amor de Cristo, para permitirse ser atrapado por la seducción del Evangelio y dejarse arrastrar gustosamente por los senderos de las bienaventuranzas evangélicas, con la mirada vuelta “hacia las alturas” entre aquellos senderos de la fe y de la esperanza que abren la mirada al rostro del Amor.

6. La alegría: una manifestación de su santidad.

Es sorprendente y gratificante descubrir que el mismo Pier Giorgio fue el mentor de la “societá dei tipi loschi”, esa agrupación de amigos, donde uno de los objetivos era compartir la alegría, el humor y el juego, como una forma-de-vivir-la-vida-cristiana, como una manera de asumir la santidad, como un modo de aproximarse a Dios, que también juega, se ríe y tiene humor. Probablemente, una de las causas del descrédito contemporáneo de la fe y de la vocación a la santidad sea el haber caído en una mortal disección tremendamente seria de sí misma, sin dejar lugar para estas dimensiones de la existencia, tan necesarias como el amor, el perdón, y otras que brillan con derecho propio. “Deus iudi nobis”, dice el adagio latino y repetían los antiguos. Pier Giorgio lo comprendió claramente, y por eso integra sin ruidos, sin fricciones, sin estridencias, sin inconvenientes, la alegría de la vida con la seriedad de la existencia, sabiendo por intuición primordial que ambas no son exclusivas ni excluyentes, sino dimensiones complementarias de una vida que se precie de tal y de cristiana.
Un sentido del humor vivido sin dobleces y sin recursos bajos para ejercitarse. Una alegría serena y honda que brota de sus entrañas. Una capacidad de juego desbordante ejercida en su casa, con los amigos, en el estudio, en la iglesia, capacidad que ayuda a objetivar los problemas inevitables de la vida poniéndolos delante de los risueños ojos de Dios que, misericordiosamente, mira a los hombres, como la Sabiduría que ante Dios ríe y juega con el mundo (cf. Prov 8, 30-31).

7. El deporte como camino “hacia las alturas”.

Hay una foto de Pier Giorgio que “lo pinta de cuerpo entero”: unos pocos meses antes de morir, se lo ve subiendo a la montaña, aguerrido en el empeño, con la mirada fija en las alturas, la meta que aspira conseguir. La foto es una delicia: uno se queda arrobado en su contemplación. El mismo Pier Giorgio le escribió como epígrafe “verso l´alto”: “hacia las alturas”, en una manifestación que nosotros podemos tomar como la condensación fenomenal y fundamental de lo que fue toda su vida: un camino hacia las alturas de la vida y de la fe, un ascenso por los escarpados senderos de la existencia, es decir, un avance hacia Dios. Pero no como un puro esfuerzo humano basado en las propias energías, sino como un dejarse sostener por Alguien que lo precede, lo sostiene y acompaña: por eso el ascenso no es en el aire, sino firmemente sostenido en su amada montaña: una metáfora bella de su vida entera. Y así se lo ve en otra de las fotos: colgado de una soga, suspendido en el vacío, pero alegre y seguro de ser-sostenido, de estar-pendiendo-de-Otro que lo sostiene y contiene.
De este modo concebía su actividad deportiva nuestro amigo: como una ocasión de encuentro con Aquel que lo fundaba en su ser. Y así lo dice en una de sus cartas: “antes de ir a la montaña hay que disponer bien la conciencia, porque nunca se sabe si regresamos”. El riesgo de la aventura no le hace perder de vista la seriedad de la existencia. Es más: ese riesgo es signo de la propia vida, que se vive como aventura, como buena-aventura y como bella-aventura, como desafío ante los ojos del Amado.

8. ¿En qué sentido es “modelo” Pier Giorgio?.

Compañero de camino: aquí hay una dimensión de los santos que proponemos volver a poner en primer plano. Amigo de los hombres. Guía de la vida. Y en este sentido, modelo. No porque propongamos una ridícula imitación que se reduzca a copiar mecánicamente y de forma disecada ciertas actitudes, procedimientos, acciones de su vida, sino modelo en el sentido en que nos inspire (in-spirare que viene del Spiritus: meter dentro el Espíritu) una forma de vida que vale la pena ser vivida. Descubrir la entraña de la propia santidad: he aquí el desafío. Santo como Pier Giorgio sólo pudo ser él mismo. A nosotros nos toca ser santos como cada uno de nosotros es, y como Dios lo pensó amorosa y personalmente para cada uno en particular desde toda la eternidad. A partir de la propia experiencia del encuentro con Jesucristo, que con su “figura” sale a nuestro encuentro en toda su belleza para manifestarnos su gloria que podemos contemplar (Jn 1, 14), seremos capaces de responder creativa y bellamente, a la vocación más alta a la que hemos sido llamados, esto es, la santidad.


Pbro. Juan Quelas

Asesor de la Agrupación Pier Giorgio Frassati de Argentina
4 de julio de 2005

(este texto se encuentra en el libro: "Pier Giorgio Frassati: La santidad posible y cotidiana", que se ofrece en esta misma página web: http://www.pgfrassati.com.ar/HomeMaterial.htm