CECILIA IZURIETA (una joven de la Diócesis de Chascomús)
Un testimonio de su vida, a 5 años de su Pascua. A Cecilia la conocimos en ese remolino de alegría en el que vivía la familia, el estudio y el trabajo, los amigos y la fe. Después de ese encuentro con Jesús en Llamadas nunca dejo de amarlo. Lo hizo carne en su vida y lo abrazó como Amigo. Nunca dejó de anunciarlo … lo llevaba en el bolsillo y en el rosario, lo compartía en el mate con amigos, en una tarde de jockey y lo llevaba a la facultad en bicicleta. Pocas veces estaba sola. O quieta. Ella era la que salía, buscaba, unía. Se hacía el tiempo. Era como un motor: incansable. Siempre participaba y lo hacía atenta a las necesidades de todos. En extremo generosa con todos nunca retaceaba su carcajada. Sus formas eran claras y directas, decía la verdad sin vueltas. Tenía una capacidad extraordinaria para organizar y liderar a sus pares.
Estricta y crítica ante la revuelta de valores, denunciaba cada falta de caridad, se crispaba con las injusticias a los más débiles.
Con pasión amaba viajar por la Argentina. A su familia. Amaba a sus amigos, su parroquia, su diócesis y trabajar al lado de sus hermanos sacerdotes. Amaba llevar su cabello bien largo y muchos aritos en la oreja. Amaba la verdad y las cosas simples. Amaba.
Con su carácter fresco e impetuoso nos devolvía a todos las ganas de construir el Reino del Amor, y en sus ojos claros, nos acercábamos juntos a la verdadera amistad con nuestro Dios.
A los 26 años su mochila de viaje se cargó con una enfermedad que se llevó no sólo su seno izquierdo sino también su pelo largo y un poco de su energía. Fueron casi 5 años de quimioterapias, resultados negativos y de mucho sufrimiento físico que ella eligió vivir plenamente comprometida con la vida, como si cada día fuera el último.
Siguió con su trabajo a medio tiempo, rindió las últimas materias de su carrera y comenzó la tesis, tomó una ayudantía en la facultad. Fue de vacaciones a Salta, Tucumán, Calafate, y seguía organizando las pizzas para los amigos!
Durante ese tiempo su compromiso con Jesús y sus hermanos fue total.
Mantenía un grupo de oración en La Plata donde vivía, coordinó el movimiento diocesano de Kerigma, salió a misionar fuera de la diócesis en dos oportunidades. Fue catequista de un grupo de adultos en su parroquia y cada fin de semana su casa paterna se convertía en un gran cenáculo de amigos.
Su dolor y su sonrisa se hicieron compañeros y fue forjándose un camino diario de santidad. Transparente como era y cada vez más frágil, la vimos abrazar diariamente el sufrimiento que en silencio compartía con su Gran Amigo.
Y de a poco nos fue preparando, también eso lo aprendió de Jesús. Turbados a veces pero en oración, acompañamos a Ceci en su Pascua.
Fue así como en febrero de 2007, el miércoles de ceniza, entregó el alma y fue con sus manos llenas, a vivir la Vida Eterna.
Compartir la vida con Cecilia, fue y sigue siendo transformador. Su testimonio partió nuestra historia porque a través de su SI, rotundo y concreto al llamado de Jesús, nos empuja repensar el compromiso y la acción propias. Quienes tuvimos la gracia de compartir la vida con ella sabemos -con el corazón cargado de esperanza- que tenemos que aprender a amar en otra presencia, como hacía ella en la búsqueda de su amado Jesús.
Aunque a veces sentimos que se ha puesto el sol y sabemos que caminamos en la noche, los ojos de Ceci y su sonrisa vienen a rescatarnos y se convierten en la certeza de la mañana, pero no de cualquier mañana, sino de la gloriosa mañana de la Resurrección. Es que en el medio de la noche ella nos encendió una luz... en el nombre de Jesús.
(Testimonio de Bibi Lasala)